Freaks
El nuevo ordenWenceslao Bruciaga
La Glorieta de los Insurgentes pasó de ser un set futurista decadente post nuclear (herencia de esa cinta Total Recall con Arnold Schwarzenegger antes de que fuera un alcalde republicano, en donde una de sus secuencias fue grabada justo en esta glorieta, encargada de dividir la avenida de los Insurgentes en sur y centro), a templo urbano de una comunidad lésbico-gay con ceguera futurista; por la música que ponen las furgonetas que hacen pruebas gratis de VIH a los transeúntes a unos cuantos pasos de la entrada a la estación del Metro Insurgentes, siempre me ha dado la impresión de que aquí el tiempo se aferra a estancarse como en el 2002.
A estas alturas, casi cualquier chilango que tenga que atravesar por esta glorieta, sabe que hay más probabilidad de ver a dos tipos extirpándose las amígdalas que a un emo. Escena que se replica con tremenda potencia alrededor de las seis de la tarde. A esa hora, la presencia gay empieza a hacerse presente desde los vagones del Metro y varias estaciones antes. Como aquel jueves. El tren anaranjado y subterráneo tuvo que hacer uno de esos misteriosos altos en medio del túnel, todo negro e infestado de tuberías y cables. Llevaba los audífonos puestos pero aun así alcancé a escuchar una serie de gritos disparejos, y todos los pasajeros a mi alrededor empezaron a fijar la mirada en un punto: casi a mitad del vagón iban sentados un joven, como de unos 16 años y una aparente discapacidad sin ser necesariamente Síndrome de Down, al lado su madre, de menor estatura. Él se refería a ella como mamá y lo más probable es que lo sea, por el color de la piel. La cuestión es que entra palabras y risas y gritos disparejos, madre e hijo discapacitado se daban extraños y largos besos en la boca.
De acuerdo que era una estampa no muy común y curiosa, quizás un poco perturbadora para esos que ven a la maternidad con ojos de catolicismo. Vamos, eran sólo besos. La mayoría de los pasajeros alrededor de mí eran hombres, gays con destino al Metro Insurgentes. Fue uno de ellos el que le dijo a su pareja, haciendo ridículas muecas con tal de ocultar una risita incómoda: “¿Ya viste? Ay, qué asco, de veras que ves cada freak en el Metro”. Yo aparté la mirada de la madre y el hijo y la fijé justo en este tipo, según yo no debía de tener más de 22, muy flaco, afeminado hasta la sobredosis, pantalones azul celeste, tenis sin calcetines y un abrigo gris. Se percató de mi mirada y yo me percaté del tono de su comentario, soberbio y despectivo.
No hace muchos años, ese mismo hombre flaco pudo haber sido un freak en este mismo vagón, por el simple hecho de ser tan afeminado y llevar un fleco típico de las niñas. Pudieron haber dicho: “¿Ya viste? Ay, qué asco, de veras que ves cada puto en el Metro”, y quién sabe si la Comisión para los Derechos Humanos tuviera la misma injerencia o capacidad de reacción que posee hoy. No creo que ese tipo sea de los que tienen agallas para enfrentarse al que lo ofende, alguien como yo, por ejemplo.








